Claudia se ha ido del lago

Lago do Bom Jesus

Sigue el mal tiempo; espero que mejore la sequía porque la verdad, es que estoy un poco cansada de tanta lluvia y tantos días grises. Yo enseguida tiendo a la melancolía, necesito luz y sol para poder mantener mi humor en plena forma, además hoy se ha sumado otro motivo más para dar al traste con la puesta a punto de mi ánimo.

Esta mañana se ha presentado Claudia en casa. En cuanto la he visto bajar del coche sabía que algo no era igual que siempre.

Cuando Claudia está rebosante de alegría y empieza a quererte convencer de que unos dromedarios a rayas han atravesado el Sahara bebiendo solo dos latas de cerveza, malo. Le pasa algo.

Subió los cuatro peldaños del porche de una zancada me estampó dos besos y me dijo lo guapa que estaba esta mañana.

Algo importante estaba a punto de pasar. Claudia sabe que no me gusta que mienta, pero si encima tengo puesta la bata rosa de pirineo, eso es abusar de mi bondad.

Me dispuse a escuchar lo que tenía que decirme, porque era evidente que había venido a decirme algo importante y que además estaba realmente nerviosa, porque me había mentido de manera flagrante.

Entró en la cocina y abrió la nevera. Sabe que si hay algo que me descompone es la gente que confunde la nevera con la tele. La gente que abre la nevera y se queda ahí mirando al vacío, al fondo como si dentro pasaran cosas. Allí estaba ella, con medio cuerpo dentro de la nevera esperando a que le dijera mi conocida frase:

-¿Qué, es buena la peli?

Pero esta vez era yo la que esperaba la noticia fuera cual fuera.

Convencida de que no le hacía caso a su provocación, cogió un refresco, se sentó en la mesa de la cocina y me lo dijo. Se iba, el lago se le quedaba pequeño y necesitaba conocer mundo. Empezó a desgranar los innumerables beneficios que tendría el hecho de que se largara a conocer lugares remotos, exóticos, interesantes y me sonaba a camellos bebiendo cerveza mientras atraviesan el Sahara…cuento chino.

Pero de nada hubiera servido ponerle cara de “no me creo ni palabra”, porque cuando Claudia decide hacer algo, lo único que uno puede hacer es rezar, rezar mucho para que la cosa salga bien, porque convencerla de que no es buena idea, nunca da resultado así que dije que sí con la cabeza y en silencio.

Iba de un lado a otro de la cocina como quién representa una obra teatral y recita un guión perfectamente aprendido. Intentaba convencerme que era lo mejor que podía hacer y yo mientras tanto, sentía una infinita pena al pensar que se iba y a la vez esperanza porque quizás sea la mejor manera de que madure de una vez.

Terminó de beber el refresco, se enfundó su mejor sonrisa y me dio un largo y fuerte abrazo.

-Te echaré de menos. Ahora sí que tendrás que Twittear más aunque no te guste, me dijo.

Yo volví a asentir todo lo convincente que podía pero tenía la sensación de no tener todas las piezas del puzzle. Algo se me escapaba y parecía que ella no iba a clarificar nada así que decidí callar y esperar.

-Yo también te echaré de menos y sabes que no me gusta el Twitter, así que envíame mails que me gustan más.

La miré a los ojos y allá en el fondo atisbé dolor, mucho dolor pero con Claudia no vale tirar del hilo, hay que esperar a que pueda contar las cosas en pretérito imperfecto. Cuando ya lo tenga asumido y lo peor haya pasado, entonces es cuando ella es capaz de hablar del tema, antes no.

Se metió al coche, arrancó, sacó su brazo por la ventanilla, me hizo la señal de victoria y allí estaba yo, recordando el cuento de la rana que no se quería casar que tanto le gustaba y con la sensación de que una vez más, era ella la que me había contado el cuento a mí.

Dolega

 

 

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